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OLÍMPICAMENTE | DÍA 19


La ceremonia de clausura marca el inicio real de las Olimpiadas —nombre con el que se le conoce al periodo de cuatro años entre Juegos Olímpicos. Japón ofreció una probada de lo que nos espera , Marco Hernández regresa a México con un recuerdo imborrable de Río, así como un texto espléndido de Luis Muñoz para cerrar este ciclo. 

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Adiós Rio 

Por Luis Muñoz Oliveira

El deporte amateur ha sido relegado a la infancia, a la cuadra, al colegio, porque en los juegos olímpicos ya no cabe. De regreso a casa, metido en un tráfico terrible, escuché a no se cuál de todos nuestros periodistas deportivos decir que esto último resulta inevitable: Qué bueno que quitaron de la carta olímpica lo de “amateur”, argumentó, ahora el nivel del tenis, del básquetbol es altísimo. Además, continuó, ¿qué deportista “amateur” no recibía una lanita para irla llevando? Qué va, pensé, como si no pudiéramos tener estructuras (los humanos, los mexicanos ya no sé) para mantener atletas  sin que sean profesionales; como si fuera cierto que la profesionalización de los deportes, y de lo que sea, nos ofreciera siempre,  per se, un “mejor nivel”. Eso habría que discutirlo. 

Lo que sí nos deja llenarlo todo de dinero es, por ejemplo, el despilfarro en la construcción de instalaciones nuevas y la tragedia de los desplazados por éstas y el desastre ecológico. O la soberbia espantosa de los nadadores estadounidenses que, aprovechando la fama de “ciudad violenta” que tiene Rio de Janeiro y sintiéndose semi dioses (por Americans ricos y por atletas), se inventan un asalto a mano armada. También nos deja declaraciones espantosas como las de Paola Espinosa después de quedar en cuarto lugar en plataforma de 10 metros: “Son como sentimientos encontrados. ¿Por qué me siento mal? Por no haberlo logrado, por mi sueño, no por ustedes”, o como las de Aída Román: “Soy Aída Román, no le debo nada a nadie”. Carajo, viva el dinero en el deporte, ha logrado que en México no sólo entrenemos peores deportistas, sino que cultivemos peores personas. Pero no vale sorprenderse: miren el nivel educativo de nuestras escuelas. 

Por otro lado, sospecho que a más profesionalización en el deporte, más se irán acumulando medallas en los países más ricos: así es el capitalismo, si no me creen, pregúntenle a Piketty. Peor, a la vez que los ricos acumulan (medallas de) oro, los países como el nuestro, o como Brasil, se llenarán más y más de casos de corrupción. 

Lo que ni el COI, ni las grandes marcas hipercapitalistas han logrado relegar son los gestos humanos: nunca relegarán las historias como la de la refugiada siria, Yusra Mardini, que salvó a nado a sus compatriotas, de morir ahogados en el Egeo; ni la historia de Adelinde Cornelissen, la holandesa que decidió abandonar la competencia de doma para no arriesgar las salud de su caballo: "Con tal de protegerlo, decidí renunciar... Mi compañero, mi amigo, el caballo que lo ha dado todo por mí toda su vida no se merece que lo ponga en peligro... Así que sólo saludé y me retiré de la arena"dijo, y nos dio una lección de cómo tratar humanamente a los animales (no sabemos ni tratar humanamente a los humanos). Ni relegarán la victoria de Santiago Lange, el argentino de 54 años que derrotó un cáncer meses antes de levantarse con el oro en vela en las aguas del Atlántico que baña Rio. No podrán quitarnos la emoción de rodar por el piso al vencer, o al caer derrotados: vieron a las brasileñas llorar al ser eliminadas por las chinas, o a las serbias llorar en el piso al vencer a las estadounidenses, todo esto en el maracanazinho, en voleibol. Al ver aquello lloré como los niños ante las primeras derrotas: el deporte forja el carácter, no sólo esculpe el cuerpo (es obvio que la obesidad no sólo es un problema de salud, pero no quiero lidiar ahora con esas honduras).  

Soy un llorón y durante los juegos de Rio volví a llorar, eso me deja tranquilo: hay alegrías y derrotas que no tienen precio, la dignidad no tiene precio (ya lo decía Kant), para todo lo demás existe ...ya sabemos como termina la cantaleta.  


 
 
 


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