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OLÍMPICAMENTE | DÍA 18


A pesar de las complicaciones de logística, Río es una ciudad que se encuentra en constante movimiento. La tecnología detrás del calzado cada vez da más ventajas a los competidores E Isabel Zapata describe los acrobáticos saltos de altura femenil

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Salto de altura femenil

Por Isabel Zapata

Las fotografías que encuentro en internet bajo la búsqueda salto de altura femenil me vuelan la cabeza. Suspendidos en el aire, los cuerpos de las atletas desafían a la gravedad: sus torsos se doblan en herradura como abrazando al listón con la columna vertebral, las piernas reposando en el aire. Algunas llevan los brazos inclinados hacía un lado, otras abiertos en un abrazo imaginario o torcidos en ángulos impensables para nosotros que solemos andar al ras del suelo. Las competidoras tensan los puños, ahuecan las palmas o extienden los dedos señalando algo que sólo ellas pueden ver. Lo realmente inquietante, sin embargo, es la mueca que adoptan sus caras: la mayoría cierra los ojos o ve de lado buscando el piso, pero las más arriesgadas miran al cielo entregándose al dios de las alturas. 

Pienso de pronto en la célebre fotografía de Richard Drew en la que puede verse el cuerpo en suspensión, cabeza abajo y las rodillas dobladas en escuadra, de un hombre que ha decidido saltar desde la torre gemela que se desmenuzó bajo sus pies. Han pasado más de diez años, pero en la imagen siempre será 11 de septiembre, siempre 2001. Este instante congelado, si bien más trágico que los saltos de las atletas olímpicas que tengo frente a mí, es también un vuelo que la fotografía hace posible. Así lo dice la poeta polaca Wislawa Szymborska: La fotografía lo conservó con vida / y ahora lo mantiene / sobre la tierra, hacia la tierra. 

En eso estoy cuando me distrae otro nombre polaco en la pantalla: Kamila Liwinko, estrella de su país (sus mejores marcas, 1.99 metros en exterior y 2.02 metros en pista cubierta, son récords nacionales) y una de las favoritas para llevarse el oro en Río de Janeiro. No la conozco ni conozco el nombre ni el rostro de ninguna de las mujeres que participan en esta competencia, pero de inmediato siento empatía por cualquier persona que dedique su vida a saltar. Todas tienen cuerpos similares, puro músculo. El vientre de la estadounidense Chaunté Lowe, por ejemplo, está tallado en piedra. O los brazos de alambre de la cántabra Ruth Beitia, que tiene 37 años y, de ganar, sería la medallista olímpica más veterana de la historia en saltos. Vaya, hasta la italiana Desirée Rossit, que parece pesar lo que una pluma, proyecta un ímpetu sobrenatural. También sus miradas son fuertes, llevan concentrados en los ojos todos los años de entrenamiento que llevaron al segundo de suspensión del que depende hoy su carrera profesional.

A diferencia de la mayoría de las pruebas de atletismo, en las que se busca minimizar el tiempo o distancia del recorrido horizontal de un cuerpo (el cuerpo propio o uno ajeno: una bala, un disco, un martillo), en este caso el desplazamiento se hace en vertical: se necesitan ciento noventa y cuatro centímetros para calificar a la final y son 17 las atletas que lo consiguen. La prueba es temprano por la mañana pero yo no logro sacudirme la duda durante el resto del día: ¿Qué pasó por la mente de las mujeres que buscarán la medalla de oro en esa milésima de segundo de perfecta suspensión? 

No lo sé, pero voy a ver la final el sábado a ver si me da una pista. 


El peso más pesado

Por Norma Lazo

Májov y Zasieyev, cada quien su propio mundo, miden fuerzas sin tocarse. Ambos ponentes, perfectas asimetrías, se calibran con la sola mirada: dos planetas magros, uno rojo, otro azul, a punto de colisionar. Marte y La Tierra, llamémosles así, giran alrededor del otro atraído por la gravedad de su peso, el peso más pesado: 125 kilogramos de fuerza taimada y amenazante que danza en los escasos nueve metros del círculo de la competición. Un paso allende a esa circunferencia, justo donde inician los tres metros restantes del tapiz, demeritaría el performance de combate de los planetas y, de vivos y rutilantes, se apagarían como estrellas moribundas. 

Los astros se acercan, abrazan y repelen con sus bíceps, pectorales y deltoides confundidos en un solo contrincante, son las mallas rojas y azules las que recuerdan que son dos hombres, y no uno, quienes disputan un lugar en el orbe olímpico. ¿Así sería la bestia de dos espaldas imaginada por Platón? Una mole de carne enjuta con cuatro manos, cuatro pies, dos miembros, una cabeza y dos rostros, que avanza hacia delante y hacia atrás, sostenida como experto equilibrista sobre sus ocho extremidades. 

La impaciencia es virtud en este deporte. No se aprueba la dilación estratégica y astuta, se debe atacar, empujar y cargar sin detenerse, para poner sobre la espalda al contrincante: una espalda plana sobre el piso gana la gloria por segundos. La movilidad incesante es necesaria para no ser amonestado por pasividad; falta castigada con la posición de parterre. La pena es por demás llamativa, un luchador es puesto boca abajo sobre el piso, apoyado en cuatro puntos, cual felino erizo que será embestido por otro en cualquier momento. ¿Quién de estos hombres ejerce la virtus? ¿Cuál de ellos es un simple hómine? Vir y hómine significan lo mismo, hombre; sin embargo, en Roma existían dos tipos de hombres: amos y esclavos. Los vir, los virtuosos, eran guerreros y amos, los hómines, sus esclavos. Un vir tenía permitido esclavizar a otro vir, porque no ejercer la virtus, podría suscitar que otro amo o guerrero lo convirtiera en hómine, es decir, en un hombre dominado.

Ambos mundos, Májov y Zasieyev, continúan empujándose con las fuerza de los soles, por la fuerza del peso más pesado. Por cierto, ése es el nombre de un aforismo de La gaya ciencia. «¿Cómo necesitarías amarte a ti mismo y a la vida, para no desear nada más que esta última y eterna confirmación y ratificación?», pregunta Nietzsche. ¿Y qué es lo más deseado para Marte y La Tierra? ¿Qué es lo más anhelado para estos luchadores que compiten con sus rostros descompuestos en un bolo alimenticio, masticado por la desesperación y la pérdida? 

El encuentro termina. Zasieyev gana, ha sacado a Májov de la órbita, quien se aleja sin mostrar gran molestia por la derrota, con la mente ya en otro lado. Me pregunto si el hómine irá diciendo: Así lo quise.