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OLÍMPICAMENTE | DÍA 17


Luces de colores, una arena inusual y tecnología que parece salida de una cinta de Ciencia Ficción hacen del esgrima un deporte más llamativo en Río 2016. La industria de la moda brasileña —la cuarta productora más grande del mundo— tiene en Osklen una de sus marcas más representativas y Brenda Lozano se sumerge en la profundidad de las aguas abiertas para Atletario.

Escucha aquí el programa completo


Fuerzas que chocan

Por Brenda Lozano


1. De los seis a los quince años, los martes y jueves de cuatro y media a seis de la tarde, tomé clases de natación. No es que con el tiempo buscara perfeccionamiento atlético, al principio lo hice por obligación y luego encontré que me gustaba mucho nadar, y en ese deporte encontré libertad. Moverse de otra forma, con otras normas, otras reglas de gravedad que no hay más que en el agua, estar en ese espacio que no era la casa, no era la escuela sino una alberca, fue una de las primeras sensaciones de libertad. El traje de baño azul marino del uniforme, la gorra de hule, el olor a cloro, la temperatura tibia y controlada del agua, el eco del gimnasio, las voces y sonidos que rebotan –un profesor que da instrucciones, niños hablando de un carril a otro, las risas, alguien que grita varias veces el mismo nombre, los brazos y las piernas batiéndose contra el agua– y el espeso aire de una alberca en uso continuo lo hacía un lugar independiente a los demás. Sin embargo, recuerdo la primera vez que nadé en el mar como lo hacía todas las semanas, con la misma técnica, la misma práctica, pero con una sensación contraria. En el mar sentí frío, recato y miedo. Un infundado miedo a los tiburones que venía únicamente del póster de la película de Spielberg que no me atreví a ver, miedo a que las olas me llevaran lejos, miedo a ahogarme y mucho recato al nadar. 

2. Aguas abiertas es un deporte olímpico desde Pekín 2008, relativamente nuevo, pese a que en los primeros juegos olímpicos de Atenas en 1896 la disciplina de natación se llevó a cabo en aguas abiertas. Los deportistas nadan diez kilómetros en el mar, se divide en dos pruebas, masculina y femenina. En la competencia masculina la medalla de oro se la llevó Ferry Weertman de los Países Bajos, le tomó una hora 52 minutos. En la competencia femenina la medalla de oro se la llevó Sharon van Rouwendaal, también de los Países Bajos, y le tomó una hora 56 minutos. Menos de cuatro minutos es la diferencia en el oro de ambas categorías de nado en el mar, a veces a contracorriente, con trajes de baño largos, térmicos, sin carriles, rodeados de kayaks, jueces y médicos que supervisan la competencia. En este deporte el récord es irrelevante y no hay espectadores. 

3. De los deportes olímpicos este pareciera ser el único que pone dos fuerzas de la naturaleza en relación directa. Alguien que nada en aguas abiertas vuelve a la relación primaria con la naturaleza, lejos de las pistas, las canchas y las albercas. En el mar no hay control, no hay eco, no hay ni siquiera espacio para los espectadores. No hay selfies, videos de celular, no hay aplausos ni porras. El nadador se relaciona con su respiración, los golpes contra el agua, y algo más grande, más viejo, indómito. Durante casi dos horas, un grupo de atletas nada silenciosamente en cuatro segmentos que suman los diez kilómetros. Al ver las dos competencias, al mirar esas figuras geométricas que se forman en el agua en la monotonía de las brazadas y pataleos, pensé en la sensación de nadar igual que en una alberca como todos los martes y jueves, con las misma técnica, pero en un contexto irregular, cambiante, con un carácter propio. Y pensé, con el control remoto en la mano, que quizás este sea el deporte de la máxima libertad: alguien que nada en el inmenso mar. 


 
 
 


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