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OLÍMPICAMENTE | DÍA 16


Los uniformes se han convertido en una herramienta más en la búsqueda de medallas en la gimnasia olímpicas. Río, a pesar de los grandes problemas de logística, se mueve y Óscar Benassini narra una final de judo que se definió por penalizaciones y no por los aciertos.



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La gentileza del gigante

Óscar Benassini

Como tantos otros de los niños nacidos a principios de los ochenta, yo también practiqué taekwondo por las tardes, al mismo tiempo que practicaba la educación primaria y secundaria por las mañanas. Hoy, a mis 35 años todavía recuerdo la secuencia de las formas o katas del taekwondo, pero no sé sumar quebrados ni resolver ecuaciones químicas. Mil veces prefiero patear antes que balancear. 

En la década de los ochenta el shotokan taekwondo, el kung fu, el jiu jitsu, el jeet kune do y hasta el aikido se convirtieron, de la mano dorada de Bruce Lee, Chuck Norris, Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme, en los nuevos estilos de vida deportivos, eran el tema favorito de películas, caricaturas y videojuegos.

Sin embargo, en esta transculturación, se sabía poco o nada del judo: de ese combate silencioso entre los cuerpos más pesados, de peleadores que no gritaban porque no atacaban ni se defendían, sino que luchaban intercambiando fuerzas.

Ahora en los Juegos Olímpicos de Río, el combate final por la medalla de oro, entre contendientes de más de 100 kilos, fue entre los judokas Teddy Riner, representante de Francia, y el japonés Hisayoshi Harasawa. 

El judo es un deporte de exhibición antiespectacular, este encuentro definitivo entre los dos cuerpos de dos metros de altura, nacidos hace menos de treinta años, transcurrió sin aspavientos, la final de los pesos pesados en Río fue más bien una negociación cansada. Un breve diálogo entre energías en reposo.

El judo es la única disciplina deportiva en la que, entre jaloneos y amarres, los oponentes deben tomarse de las solapas del uniforme y demostrar gentileza, deben utilizar la fuerza del adversario a su favor. El judo es una más de las prácticas corporales orientales, tan procuradas en occidente, que buscan la concordia entre los opuestos.

El encuentro del sábado, el forcejeo decisivo entre Riner, que vestía el kimono azul, y Harasawa que salió de blanco, fue muy parecido a presenciar, durante cinco minutos, una pugna entre conductores en un choque automovilístico. El francés de estilo sanguíneo y el japonés más bien flemático, buscaron entre rotaciones, agarres, quiebres y derrumbes, llegar un acuerdo mediado por el tercer hombre sobre el tatami, el ajustador vestido de blazer y corbata, el réferi: 

Minuto 1: Harasawa cae.

Minuto 2: Harasawa vuelve a tocar el suelo. Pero también Riner. 

Minuto 3: Riner cae.

Minuto 4: Riner vuelve a caer.

Minuto 5: Los colosos están cansados ya traen los kimonos abiertos. Riner toma del cinturón a Harasawa y se lo lleva al piso. 

Luego, termina el combate.

Riner y Harasawa, los gigantes gentiles, se despiden con una reverencia.

La final del 12 de agosto, en la Arena Carioca 2, entre los dos mejores judokas pesados del mundo, fue definida por penalizaciones, por los tantos en contra y no por los puntos a favor. La medalla de oro se la llevó Teddy Riner, y con ella conserva el campeonato olímpico.


 
 
 


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