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LA MINISERIE | LA CASA DESOLADA DE CHARLES DICKENS


Las grandes biografías no deben empezar por la fecha de nacimiento de los hombres que narrarán. Las obras biográficas están atadas a la cronología tradicional, a lo que las convenciones nos han enseñado e intentan mostrarnos cómo el nacimiento de estas personas en determinadas circunstancias, terminan explicando su posterior genialidad o vileza. 



Por Rober Díaz / @betistofeles


Charles Dickens, sería el digno ejemplo de esa cronología convencional. Un hombre en el que en su pasado adverso se debe buscar la grandeza que como escritor luego alcanzó; pero tampoco le haríamos total justicia si solo hacemos esto y sin embargo, encasillarlo posiblemente nos libraría de contemplar al otro Dickens, un hombre severo consigo mismo al que le fue muy difícil olvidar las penurias de su niñez, las perdidas que en la vida sufrió; un escritor orgulloso que de igual manera se hizo de amigos como de adversarios y que posiblemente en sus libros alcanzó a meter a toda una época —la era victoriana–, como lo hizo en su momento Joyce o Cervantes.

Dickens nació el 7 de febrero de  1812 en un barrio conocido como New Town en las afueras de Portsmouth, Inglaterra; fue hijo de John Dickens e Elizabeth, fue también como los investigadores de su vida y obra lo quieren ver: un niño que creció victimizado por la deshonrosa vida del padre, quien fácilmente se hacia de deudas que de la misma forma despreocupada no saldaba; un burócrata que era constantemente transferido de puestos que fue arrestado por sus acreedores y por esa causa el pequeño Charles tuvo que ponerse a trabajar en una fabrica de betún para poder pagar su alojamiento lejos de su familia, pues ellos decidieron acomodarse en la cárcel, lugar a donde le era permitido a los reos llevar a sus familias.

Es 1824, Charles tiene 12 años y sólo faltan cinco años para que Victoria reciba el trono y que con ella, la paz y la estabilidad llegue a las islas de la Gran Bretaña. Luego de las guerras napoleónicas, los ingleses lograron concentrar el poder en sus manos; sus colonias se extendían por bastas y lejanas regiones del mundo. Inglaterra, poseía la armada naval más poderosa en el planeta, hecho que no puede pasar desapercibido. No hay que olvidar que como lo asegura George Steiner refiriéndose a una obra como la Eneida de Virgilio que en su momento constituyó el libro que condensó al Imperio Romano pues éste alcanzaba entonces su cúspide, es en otras palabras, un libro en el que como documento se puede ver plasmado no solo una historia sino el producto de un sin fin de culturas cambiando, transformándose, debatiéndose y dialogando entre sí.

Dickens no es precisamente este tipo de albaceas, sin embargo la enorme capacidad que mostro desde temprana edad para capturar el lenguaje desde las personas más simples, hasta las más educadas, para así crear sus melodramas —tenía 27 años y ya era el escritor más famoso de Inglaterra—, demuestran el enorme oído que el escritor tuvo, así como la capacidad para incorporar fidedignamente el enorme contraste de clases sociales confluyentes que en ese momento se vivió en Inglaterra.

Luego de sus penurias en la fábrica de betún, el adolescente regresó a la escuela, sitio que no conservaría por mucho tiempo gracias, nuevamente, a las deudas del padre. Comienza a desempeñarse como empleado de un despacho y luego tras aprender taquimecanografía por su cuenta como cronista y periodista judicial en la corte, sitio desde el cual salta al periódico, Doctor’s Commons para finalmente llegar al Morning Chronicle.

Es por esta época es que la renombrada editorial Chapman & Hall le pide a Dickens poner letra a las famosas ilustraciones hechas en ese tiempo por Robert Seymour, que a la postre se convertirían en su primer novela, Los papeles póstumos del Club Pikwick,

Para 1836 el joven Dickens se casa con Catherine Thompson Hogarth, con la que tendrá diez hijos y viajará hacia América donde hasta el ya célebre escritor, reconocido por ser el autor de Oliver Twist, peregrina y huye a la vez de sus seguidores. Ahí se desencanta de la sociedad norteamericana a la cual acusa de inculta, de aún escupir en público y de ser sumamente violenta, entre otras cosas. Admira, por otro lado el imperio de la ley que se ha impuesto entre sus ciudadanos y conoce a otros escritores con los que traba amistades duraderas.

De regreso a Inglaterra, el éxito que había cosechado haciendo novelas por entregas le permite darse muchos más lujos, comprar nuevas casas y acondicionar otras para poder escaparse a descansar; en ese entonces comienza a practicar el mesmerismo –doctrina que buscaba curar a las personas modificando sus campos magnéticos- y hace más constantes sus viajes. Va hacia Italia y conoce también Francia; el éxito de sus obras resuena ya por todo el continente, sigue practicando viejos rituales: cada que una de sus obras, era publicada, salía; evitaba estar en la ciudad llevándose a su familia.

Sufre innumerables perdidas, como la de su cuñada, de la que se cree estaba enamorado, Mary Hogarth; también se dice de esta perdida que cabalmente nunca la superó pues a años del deceso de la joven, seguía sacando a orear sus vestidos, en un gesto de ternura y melancolía irrepetibles; de hecho, también está documentado un sueño que el escritor tuvo en Italia con Mary a la cuál dentro del trance le preguntó si era verdad la fe que practicaba, a la que el espectro contestó que sí.

Dickens entonces y con la carga de los años comenzó a llenarse de fantasmas. De igual manera parece que sus actividades se concentraron más en dar largas y concurridas lecturas de sus obras en distintos lugares de Inglaterra; las cuales el autor disfrutaba. En 1865 sufre un accidente regresando de Francia. Se presume que en ese momento ya se encuentra a lado de su amante una joven actriz de 18 años (el escritor tenía en ese entonces 45) llamada  Ellen Ternan y viajaba en ese tren en la sección de primera clase con la actriz y la madre de ésta. Charles se comportó como un héroe, ayudando a los heridos pero ocultando el suceso pues en ese tiempo la relación mantenida por el escritor con la joven actriz sería vista mal por la sociedad de su tiempo.

Esa es precisamente la trampa en la que se ha querido hacer caer la memoria del escritor –quien en vida conoció a la reina Victoria y fue enterrado en la capilla de Westmister, en el rincón de los poetas- pues se ha dicho de él que además de tener esta relación por la que abandonó a su mujer, Ellen y él vieron morir ¬–por razones naturales- a su primogénito ocultando para la posteridad su existencia. También se dijo del escritor que financió burdeles, resaltando la doble moral que se ha querido relacionar con la era victoriana. Sin embargo también son hipótesis no comprobadas, como aquellas que sostienen que una vez muerto, pudo completar su última obra, El misterio de Edwin Drood un joven mecánico, Thomas P. James, nacido en Vermot, E.U. que nada sabía sobre escritura y que en sesiones espiritas, gracias a la escritura automática, pudo completar. Según Arthur Conan Doyle, esta versión del final de la enigmática novela de Dickens es la mejor que se pudo haber hecho.

El estilo dickensiano ha pasado a la posteridad como lo han hecho la forma de escribir de otros grandes autores: hay situaciones que se pueden llamar kafkianas (por Franz Kafka, 1883-1924), donde todo parece jodido desde el principio y no sabemos el por qué; o borgianas (por José Luis Borges, 1899-1986), donde todo parece un bucle temporal paradójico; como lo dickensiano en la que la principal característica es ver a las clases menesterosas retratadas fielmente en todas sus complejidades, donde también se ven retratos de ciudades infectas y llenas de herrumbre y muerte, en las que la gente se debate por existir y triunfar a pesar de la injusticia imperante, muy parecido por cierto, a la propia vida que el autor tuvo que vivir que como en un melodrama dickensiano solo nos sirve de referencia para entender su propia grandeza.