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IN MEMORIAM | RICARDO PIGLIA


Para quienes creían que el 2017 marcaba el fin a las muertes dolorosas, tan sólo 6 días entrado el nuevo año lamentamos la muerte del escritor argentino Ricardo Piglia, quien años después de ser diagnosticado con ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) murió esta tarde de un paro respiratorio.



Con la novela metafísica Respiración artificial que parece desenvolverse en una sucesión de cuentos independientes, Piglia saltó a la fama en 1980. Sin embargo, el argentino ya había dado muestras de su talento con La invasión, un a colección de 10 cuentos que se reeditaría en 2006 con 5 cuentos más, que dio un primer vistazo a su particular uso del lenguaje. A la bibliografía del autor se suman sus participaciones en el cine. Trabajó en conjunto con Héctor Babenco para el guion de Corazón iluminado; con Fernando Spiner en La sonámbula, recuerdos del futuro; y con David Lypszyc en El astillero.

Un ávido lector, constantemente referenciaba a otros autores en sus escritos como en Respiración artificial, en la que alude a Faulkner, Borges y Onetti: “No podía menos que atraerme el aire faulkneriano de esa historia: el joven de brillante porvenir, recién recibido de abogado, que planta todo y desaparece; el odio de la mujer que finge un desfalco y lo manda a la cárcel sin que él se defienda o se tome el trabajo de aclarar el engaño. En fin, yo había escrito una novela con esa historia, usando el tono de Las palmeras salvajes.; mejor: usando los tonos que adquiere Faulkner traducido por Borges con lo cual, sin querer, el relato sonaba a una versión más o menos paródica de Onetti. Ninguno de nosotros, de los que estuvimos ahí la noche en que se entrevió por fin, en la entristecida penumbra que siguió a la tarde del entierro, el secreto de esa venganza cultivada durante años, ninguno de nosotros no pudo no pensar que asistía a la más perfecta forma del amor que un hombre puede dispensar a una mujer; pacto piadoso del que parece difícil prever el carácter o las consecuencias de las heridas infligidas pero no la intención y la deseada bienaventuranza. Así empezaba la novela y así seguía durante 200 páginas. Para evitar el costumbrismo y el estilo oral que hacían estragos en las letras nacionales yo (como quien dice) me había ido a la mierda. Todavía se encuentran algunos ejemplares de la novela en las mesas de saldos de las librerías de Corrientes y hoy lo único que me gusta de ese libro es el título (La prolijidad de lo real.) y el efecto que produjo en el hombre al que, sin querer, le estaba dedicado.”

Piglia fue académico en Estados Unidos dando clases en universidades de la talla de Harvard y Princeton y, aunque había logrado acoplarse muy bien al sistema norteamericano, decidió regresar a Buenos Aires, ciudad en la que escribió nuevamente.