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GABINETE | GIBRAN JALIL


Aquí y ahora

¿Ese arte que no es arte (según tú) y que aquellos que te rodean en el museo miran con admiración te está volviendo loco? Si es así, no estás solo. El arte ha evolucionado tanto más allá de su forma física que si no lees la tarjetita que acompaña la obra, muchas veces te quedarás sin entender nada.


El arte de los mensajitos

Un archivo en medio de un pasillo del museo, una serie de cartas del artista a sus amigos, una cáscara de plátano tirada en el suelo. Tal vez una serie de fotografías que ilustran el paso por el mundo de un tal Dr. Fakouri, o un estante lleno de las cápsulas que tomamos todos los días. O, lo que es peor, restos de grasa y felpas grises hechas girones en una tina de baño y, colocadas en una repisa de acero a un lado, semillas de girasol aun en sus costales, listas para ser sembradas. 

Es muy común que en esstos días los museos y galerías exhiban de todo menos pintura y escultura. Esto puede ser muy decepcionante, en especial para quien, a pesar de haber recorrido muchos espacios museísticos, estaba acostumbrado a las salas en las que podía encontrar una oferta interesante de pintores y escultores que eran capaces de satisfacer su apetito de cultura y conocimiento. Incluso que lo podían hacer arrobarse y vivir un momento de éxtasis, pero esto dejó de pasar hace mucho tiempo. El arte contemporáneo —que data mas o menos desde los años sesenta— viene a cuestionar todas las antiguas formas de exponer y, lo más grave, su razón de ser o de trascender. El arte hoy busca registros de experimentaciones, residuos de vivencias que pueden prolongarse, no en la memoria sino en los archivos y diferentes medios que son expuestos. 

Todo esto resulta de sobremanera frustrante, ya que como suele reclamar el visitante a menudo, si no lee las cédulas no entiende nada. Esto se traduce en que el arte en sí mismo no vale si no tiene una explicación, y si ésta no es lo suficientemente convincente; entonces ¡caput!, te quedas completamente afuera de la experiencia y con ganas de reclamar al curador, al artista, y a la madre de ambos (por supuesto). ¿Cómo parió un hijo cuyo destino iba a ser el complicar nuestra existencia haciéndonos sentir fuera de la jugada, hasta ignorantes delante suyo? 

Nos preguntamos si poco a poco lo desechable y pasajero va ganando terreno a lo trascendente. O será que como nunca hemos entendido el valor de lo efímero, estamos intentando comprenderlo en la plástica 

Eso es el arte de hoy, por eso es importante pensar en qué había sido hasta ese momento de cambio radical y de dónde vino esa transformación. Aunque es difícil de creer, hay muchas razones para que pudiera darse.

A finales de los años cincuenta el arte se encontraba en su punto más decadente, por un lado el surgimiento de los totalitarismos había obligado a los artistas a pintar algo que llamaban realismo socialista, esto para evitar cualquier código secreto o información velada dentro de un cuadro que no tuviera figuritas que se entendieran; mientras, en el mundo capitalista se había apoyado a los artistas de la abstracción, los llamados expresionistas abstractos americanos. Esta escuela pegó con tubo —como decimos en México—, con nombres de la talla de Mark Rothko, Jackson Pollock y Willem de Kooning, sólo por mencionar a algunos, pero todos ellos siendo grandes genios murieron en condiciones desastrosas y no dejaron las puertas abiertas a las siguientes generaciones. Tanto así que el gran filósofo y crítico del arte, Clement Greenberg, habló de la irremediable muerte del arte. 

Parecía que el mundo de la pintura y la escultura se habían agotado por completo y que su muerte ponía un punto final a las posibilidades venideras. Sin embargo, el mundo no se acaba y los artistas continúan. Basta que exista un artista observando para que el mundo siga. Como siempre, tras toda época de locura, viene otra en la que impera la calma y la lucha por devolver la esencia y el sentido a las cosas. Así fue como surgió una nueva postura estética, si el arte había acabado hasta con lo sublime era el momento de iniciar una nueva manera de estudiarlo y realizarlo, esta forma tendría que ver mucho más con las ideas y por consecuencia con lo que veríamos exhibido. Sería el resultado de los procesos en los que el artista se interioriza para llegar a conclusiones más allá de la estética. El arte dejó de estar en los estudios llenos de alcohol y depresión y surgió en las universidades como materia de investigación. Si cualquier expresión tendría que ver con la reflexión lo lógico es que el resultado fuera más allá de un cuadro con un paisaje o de una escultura que trataba de equilibrar el espacio y el tiempo. En los sitios de exhibición empezaron a aparecer archivos, cuadros con cartas, instrucciones, grabaciones con voces que hablaban de un acontecimiento, o simplemente una serie de objetos sin conexión aparente entre sí que relataban diversos procesos. Cada vez más cerebros se vieron inclinados hacia las disciplinas artísticas porque buscaban expresar los resultados de sus pensamientos de una forma material. Hoy, es más fácil encontrar esos mundos integrados al arte que a los que estábamos acostumbrados. 

Pero falta algo aún, había que poner un nombre a esta nueva generación. De una manera por demás inteligente, un grupo de artistas que ya estaban en este camino decidieron capitalizar y exponer en síntesis lo que en adelante ocurriría. Entendiendo que las ideas eran muy superiores a las imágenes, acudieron a la más importante fuente del siglo XX en el arte: Marcel Duchamp, y tomaron lo que él creía que debía de ser el arte y le pusieron nombre y apellido. Duchamp afirmaba que el arte no podía ser sólo retiniano, que necesitaba sostenerse en una estructura más allá y pensó que la palabra concepto era ideal para hablar de este fenómeno. Así fue como los artistas de principios de los años sesenta dejaron atrás las disciplinas tradicionales y volvieron el concepto su principal referencia. A partir de entonces el arte lo incluyó todo. Todas las reflexiones, investigaciones y hazañas, experimentaciones, ampliando los límites como nunca antes nos hubiéramos imaginado. Lo gracioso es que un artista como Duchamp advirtió que esto tenía que ocurrir cuando apenas era 1917 y hoy en día aún no podamos discernir si es bueno, malo o ¡tomada de pelo!

Todo puede ser arte pero no todo es arte.


 
 
 


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