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EL MUSEO JUDÍO DE BERLÍN | ARQ. DANIEL LIBESKIND


Viernes 10 de febrero, 18:30 horas

En el sitio designado para exhibir la historia socio cultural de los judíos en Alemania, el arquitecto de origen polaco Daniel Libeskind ha realizado una obra arquitectónica llena de significados que busca provocar sensaciones desde su interior.


Hablar del paso de los judíos por Alemania muchas veces remite de inmediato a las atrocidades del Holocausto, sin embargo, la relación del pueblo hebreo con el territorio teutón va mucho más allá de este terrible episodio. El objetivo del museo es recabar la historia de los judíos en Alemania; el arquitecto encargado de construir parte del museo tomó este objetivo y lo plasmó en su obra, buscando a su vez hacer énfasis en no olvidar lo ocurrido durante el Holocausto. El edificio diseñado por Daniel Libeskind es una obra de arte que (literalmente) busca ser leída entre líneas, pues en su concepción, el proyecto cruza dos líneas: la más evidente, que da la forma al zigzag, y una línea recta imaginaria que se cruza con el zigzag generando los espacios vacíos del edificio. Desde una toma aérea es fácil identificar esta línea, pero desde cerca e inclusive dentro del edificio, es imposible discernir entre esta línea y los cientos de otras figuras que también forman parte de la fachada.

La mayoría de los vacíos no son accesibles al público, pero en el último —que sí lo es— se encuentra la instalación Shalekhet del artista israelí Menashe Kadishman y que consta de 10 mil caras de arcilla dejadas en el vacío. Libeskind utiliza los vacíos para abordar el vacío físico que resultó de la expulsión, destrucción y aniquilación de la vida judía, que no se puede rellenar después de lo ocurrido en las décadas de 1930 y 1940. A pesar de que el edificio es independiente al Kollegienhaus (el antiguo museo barroco situado a un costado), el único acceso al inmueble es a través de un túnel proveniente de este segundo edificio. Al salir de este túnel los asistentes se encuentran con un contrastante edificio moderno iluminado principalmente por luz natural. A partir de éste punto se observan los tres ejes que componen al edificio: continuidad, holocausto y exilio.


El primero, el de la continuidad, sigue como una extensión al acceso por el túnel y conduce a una escalera empinada. Escalando ochenta y dos escalones, los visitantes llegan a la entrada de la exposición permanente y los últimos ocho escalones terminan frente a una pared blanca. Del eje de la continuidad nace el del holocausto, que termina en la Torre del Holocausto, una torre aislada del edificio con un espacio vacío de concreto de 24 metros de altura y cuya única iluminación es la luz natural que entra por una pequeña grieta en el techo. Por último se encuentra el eje del exilio, desde el cual los visitantes escapan al exterior y se encuentran con el Jardín del Exilio, una serie de 49 pilares huecos de hormigón ordenados en forma de un gran cuadrado de 7 x 7 pilares. En el interior de 48 de ellos hay tierra de Berlín, mientras que el que está ubicado en el centro contiene tierra de Jerusalén. Libeskind colocó vegetación únicamente en la parte superior de los pilares, buscando provocar cierta desorientación en los visitantes, pues el objetivo del artista es que la experiencia espacial conmemore la falta de orientación e inestabilidad del exilio judío de Alemania. 


 
 
 


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